La Pasta

un codo de cobre

Me inspira esa expresión “la Pasta de algo”. Creo que viene de esa observación extremadamente aguja (otra expresión notable), de que hay estados de vida que son en algo similares a Estar en la Pasta (de la Pasta Base).

Hace poco, hoy mismo para ser preciso, me puse a pensar en la Pasta de seguir un movimiento político. Podríamos decirle la Pasta de la Militancia. Cómo esas personas empiezan a ver el mundo y sus mecanismos en función de esa Droga. Y la Pasta de la Religión, que empieza a moldear todas sus conductas, sus ideas, sus respuestas.

Esa adicción informe, esclavitud, la más terrible e infame de todas.

Tengo la suerte de no tener una adicción, que yo sepa. Salvo la comida, pero (y de manera completamente consciente de la ironía de todo esto) siento que son cosas distintas. Pero últimamente estuve expuesto a una de esas visiones de mundo tan totalizantes, que me hicieron estar a punto de Caer en la Pasta. Y darme cuenta de que es una Droga me salvó. La libertad de disfrutar el mundo sin los prejuicios de mi propia Pasta me la agradezco profundamente. 

Atentos, que pueden Estar en la Pasta.

Neurocuento en tres actos

Sonrisa, dientes, ojos achinados. Coincidentemente, emanado de un núcleo primate del centro del alma, la contracción de cierta musculatura facial. Inmediatamente, un cambio brusco afuera. Más sonrisas, más dientes, ojos más chicos. Y grititos agudos, suaves, agradables. “Agú”. Recompensa. Más contracciones. Más cambios, más sonidos. Tacto, caricias en todo el cuerpo. Más recompensa. A dormir, a guardar todo. 

Contracciones coordinadas de varias partes del cuerpo. Antes, eso produjo sonidos, ahora también. “Mmmmaah, mmm ah”. Una evocación. Mamá. Antes, eso se escuchó  junto con mamá. Un esfuerzo por repetir esa secuencia coreográfica de movimiento del cuerpo. Mover la faringe, los labios, el diafragma, sentir el aire salir, retumbar las cavidades: “mmmah mmah”.  Más evocación. Y, de pronto, un cambio brusco afuera, mucho movimiento. Sonrisas, dientes, ojos achinados. “¡Mamá! ¡Dijo mamá!”. Tacto, caricias en todo el cuerpo. Recompensa. A dormir, a guardar todo.

Una evocación. Mamá. No hay afuera nada. Se derrumba la expectativa. La angustia llamando a la acción, a explorar el repertorio, se está volviendo insoportable. Algo, de todas las opciones, se siente como lo único posible: gritar con todas las fuerzas. “¡Mah mah!”. Más evocación. Y de pronto, se cumple la expectativa. Mamá afuera. Tacto, caricias en todo el cuerpo. Recompensa al máximo. Puedo cambiar el mundo. A dormir, a planear. Hay mucho que cambiar.

La sensación de irreversibilidad del cagazo

Uno de los jurados refirió cómo él estuvo a punto de ahogarse; el otro relató cómo viviendo en el campo, en un sitio alejado de toda farmacia y de todo médico, envenenó a su propio hijo dándole por equivocación vitriolo en vez de bicarbonato de sosa. La criatura sucumbió, y el padre por poco se vuelve loco…

Anton Pavlovich Chejov. «Las sensaciones fuertes»

Me hace falta, mucha falta, en nuestro idioma español, un nombre, una palabra. El nombre para la sensación intensa, totalizante, de la irreversibilidad del cagazo recién cometido.

Lo recuerdo perfectamente. Había que sacarle el hielo al congelador. Había mil doscientas maneras de hacerlo; pero el troglodita interior también tenía que manifestarse. La necesidad de la herramienta paleolítica. El cuchillo como el cincel y el martillo la palma de la mano. La actividad segura. Nada puede salir mal. Cómodo. Lento pero seguro. Cada pedacito de hielo que se desprende me genera una satisfacción superior a reventar esas burbujas de plástico. Una y otra vez. Me atrapa.

—Sigue después.— No quiero. Estoy entretenido. —Deja de hacerlo.— No puedo. Estoy apunto de avanzar un poco. Va a ser glorioso. En algún momento voy a haber avanzado un poco más, y ya va a faltar tan poco, que solo me va a quedar terminar.

Y ese sonido.

Dura apenas un instante. Como una cámara de bici pinchada por un gran clavo. Pero ese sonido cambia el espacio y el tiempo. Cambia los colores del living. Cambia el ruido ambiente. Y me cambia, me cambia como el atropello de un camión gigante. Ese segundo de pura emoción más potente que una semana. ¿Dónde arrancar? La cagué. Irreversiblemente. ¡Un refrigerador completo, por la chucha! Nada que hacer. ¿Quién hubiera pensado que pasaba un tubito de mierda, justo por ahí? Me pican las manos. Conchetumadre. No quiero mirarte. —¿Qué pasó?— Ni siquiera sé bien.

Y ese segundo. Lo reconozco cuando lo veo. Cagazos me he mandado varios. Algo así como que se te rompa un huevo, pero la docena completa. Atravesar ese ventanal. Quebrarle esa patita a la hueaita esa, en vez de arreglarla, quedarse sin bici en el proceso. Pero me falta una palabra.

Preguntas

Una pregunta para los músicos:

¿Qué pasa con los Beatles?
Que primero te gustan,
y luego te aburren.
Pero después recuerdas por qué te gustaban.
Y luego recuerdas por qué te aburrieron.
Pero al final de todo estás con tu hijo,
y le pones los Beatles una vez más.

Y una pregunta para los viejos:

¿Cuántas veces te puede pasar?,
¿Te aburren al final,
o te gustan para siempre?
¿O aprendes a vivir con el hecho
de que siempre te han aburrido
pero los vas a escuchar hasta la muerte,
porque ahora son música para viejos?